Abenomics

¿Cómo hacer resurgir a la tercera economía más grande del mundo?

Un país que se enfrenta a una deflación desde hace quince años, con la deuda pública más elevada de todos los países desarrollados (195% como porcentaje del PIB en 2012), aunado a  una población que envejece a pasos agigantados, una mínima integración de las mujeres al mercado laboral, debates ideológicos sobre las plantes nucleares y un sistema político corrupto, incapaz de realizar las reformas necesarias.

Esa es la pregunta clave que se planteó Shinzo Abe, el primer ministro del país del sol naciente, y a problemas complejos, soluciones radicales.

Así es como nace la política económica ideada por el primer ministro nipón, un experimento económico que ha sido bautizado como “Abenomics” o “Abeconomía” en honor a su creador.

Es una combinación de política monetaria, política fiscal y estrategias de crecimiento económico cuyo objetivo es estimular e impulsar la inversión privada.

Consiste en tres “flechas”, la primera, estímulos monetarios a nivel masivo; después, gasto público por tres trillones de dólares en diez años, y finalmente, reformas estructurales.

Acciones específicas incluyen una inflación objetivo del 2% anual, una corrección de la apreciación excesiva del yen, tasas de interés negativas, relajación cuantitativa radical, gasto público en infraestructura y reformas financieras, fiscales y laborales.

Por lo pronto, ya se logró convencer al banco central de Japón y a la opinión pública para aumentar la meta de inflación y subir los impuestos al consumo del 5% al 8%.

Sin embargo, la piedra en el zapato es la tercera flecha, como en muchos países, la dificultad para producir reformas estructurales deriva del grado de efecto que tengan en los grupos de intereses que no les favorezcan los cambios.

Ejemplos de lo anterior es la firma del Acuerdo Transpacífico, que los poderosos del sector agrícola no quieren que se firme, o la urgencia de una legislación laboral que incentive a las mujeres a incorporarse al mercado laboral (y de paso tener más hijos) y la polémica reforma acerca de la inmigración legal.

Aunque la mayoría de los japoneses dicen que aún no sienten en su economía personal la diferencia del antes y el después de Abe, eso eventualmente sucederá, el impacto de  las reformas tarda en descender a los bolsillos.

Muchos han cuestionado a la abeconomía, diciendo que el excesivo gasto público y la relajación cuantitativa son un riesgo demasiado grande, tomando en cuenta los niveles de endeudamiento actuales, sin embargo, si las medidas tienes como consecuencia un crecimiento y un futuro más prometedor, siempre serán una mejor opción sobre el estancamiento y la inacción.

Citando unas palabras recientes del famoso y respetado economista Paul Krugman: “En estos días todos deberíamos ser japoneses”.

Tal vez sí.

M.E. Rodrigo Correa San Martín

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